
Lorca y los hombres de la Residencia: el búnker donde aprendió a camuflar su deseo bajo reglas masculinas
Era un ambiente particular. En la Residencia a la que Federico García Lorca llegó en 1919, con 21 años, se boxeaba y se lanzaban jabalinas. El deporte estaba a la orden d...
Era un ambiente particular. En la Residencia a la que Federico García Lorca llegó en 1919, con 21 años, se boxeaba y se lanzaban jabalinas. El deporte estaba a la orden del día: correr, levantar, saltar. Un rutina que, al anochecer, se transformaba en juergas y bromas que podían alargarse toda la noche. Era, quizá, la forma que tenían sus estudiantes de validarse frente al resto. La literatura fue la escotilla que el poeta de Granada encontró en esta pequeña república de hombres. No debió ser fácil encontrar su sitio aquí. Ser homosexual en aquella España asfixiante tuvo que frenarle. Sin embargo, fue precisamente en esta casa donde encontró algunos de sus grandes amigos y donde terminó de convertirse en el escritor que sería. La Residencia fue refugio, pero también un escaparate. Allí podían admirarlo mientras tocaba el piano y, minutos después, ojo, juzgar aquello que intuían de su intimidad. Lorca aprendió a moverse en esta contradicción: pertenecer sin poder contarlo todo. 90 años después de su asesinato, volver a aquella convivencia permite mirarle desde uno de sus ángulos más delicados: qué significaba ser él entre hombres.